UN BAOBA PARA NOSOTROS SOLOS.
Edu y Carlos atravesaron mas de 40 kilómetros por dificultosos caminos de arena y llegaron a una especie de lago de sal, que seguramente habría estado lleno de agua en epocas remotas. En la entrada les habían cambiado el camping pues los caminos estaban embarrados por recientes lluvias e impedian el acceso. Bordearon el lago, rodeando lo que parecía una isla. A Carlos le recordaba un polder holandés y el vehículo le recordaba al barco con el que recorrieron los lagos de Friesland. Un pequeño bosque de cinco o seis baobabs apareció ante sus ojos. Era una pequeña maravilla en medio de aquel desolado lago de sal. Siguieron bordeando el lago hasta alcanzar las coordenadas marcadas en el gps. Y oooh que maravilla, la pequeña zona de acampar estaba presidida por un centenario baobab. Edu y Carlos miraban sus ramas y rodearon su grueso tronco. Carlos pensó en el cuento del Principito y su pequeño planeta que tenia también un baobab que él guardaba con esmero. Así durmieron esa noche cobijados por ese árbol y como la noche anterior arrullados por el viento y la lluvia.
También recuerdo unos pajaros
También recuerdo unos pajaros muy juguetones que nos dieron la bienvenida,y no se espantaban con nada. Y la despedida que hicimos abrazando aquel enorme baoba, cerrando los ojos y sintiendo su energia, Edu dijo que sintio ganas de llorar.