Llegaron a un poblado muy pequeño: la escuela y unas cuantas casas aislada era todo lo que había. . La casa del "homestay" era mas grande de lo que Edu y Carlos habían imaginado. Más que una casa particular era en realidad un tipo de albergue con capacidad para doce personas o màs, pero solo estaban ellos. Un matrimonio joven les dio la bienvenida, les ofreció té caliente y unas toallas por si querían tomar una ducha. Había agua caliente, todo un lujo en ese lugar. Un brasero de carbón en el porche desprendía un calorcito agradable.
Mientras Carlos y Edu limpiaban sus zapatos del barro, Pinh sacó de alguno de sus bolsillos un trocito de tela blanca, se sentó casi de cuclillas en un banco muy bajito, cosa habitual en ellos aunque incomodo para nosotros, y se dispuso a continuar una labor de bordado geométrico con hilo de seda verde.
Después de la ducha se sentaron en torno al brasero a conversar y los anfitriones les sorprendieron con un sabroso plato de patatas fritas con ajito fresco picado.
Poco despues se sirvió la cena. Fuera hacía demasiado frío, así que metieron dentro el brasero y resultó mas acogedor. Arroz, verduras pollo, cerdo... La cena comenzó con unos chupitos de un licor de arroz fuerte pero agradable y hubo un momento gracioso cuando levantaron el vaso para desear salud. La señora levantando el vaso y dijo,
-¡aliba, abajo al centlo y padentlo!
Preguntaron a Pinh si la señora sabía algo de español, pero resultó que no.
Pinh no durmió en el albergue. Después de la cena escucharon el ruido de una moto: alguien llegó a buscarla. Su casa estaba un poco mas arriba, en otro pueblo vecino.
Para no extender más este relato, decir que la jornada siguiente fue entrañable en compañía de Pinh. Edu y Carlos caminaron por angostos senderos de arrozales, puentes y riveras de una belleza que Pinh hizo grabar en su memoria.
La casa de los lugareños
Viaje