El día amaneció casi lluvioso. Tras el desayuno esperaron un buen rato; ya había pasado la hora fijada y allí salvo el personal de recepción del hotel y una chica muy menudita con un paraguas y ataviada con traje típico de la región, un pañuelo muy vistoso a cuadros verdes del que salía una larga trenza de pelo negro. Parecía muy joven, casi una niña, unos veintipocos.
Ella esperaba. Ellos también esperaron. Al final resultó ser su guía. Tenía una dulce voz y hablaba muy bajito. En buen inglés se presentó: Pinh era su nombre.
Pinh parecía timida, pero segura de lo que hacía. Serena, tranquila, muy sencilla y prudente. Una delicia de chiquilla. Nunca salió su entorni rural, tan solo en alguna ocasion muy contada a Lao Cai, la ciudad cercana a Sa Pa. Por eso conocía todos los caminos, todos los atajos. Hablaba poco de si misma pero respondía solícita a todo lo que se le preguntaba. El primer día no llevaba más equipaje que un paraguas y la botellita de agua. Por eso a Carlos el gesto de gastar parte de su agua en quitar el barro de sus manos le pareció algo encomiable. Caminaba de forma graciosa con sus botas catiuscas de color turquesa. Dando saltitos, parecía ejecutar pasos de danza en algunas ocasiones. En realidad se debía a que pisaba por huellas por donde habían pasado otros caminantes, o piedras y trozos de madera colocadas estrategicamente para sortear los pequeños arroyos.