Durante el desayuno hubo un espectáculo impresionante: primero paso un grupo de unos treinta o cincuenta impala corriendo por el camping, seguido por un grupo de unos quince perros salvajes.
Edu y Carlos salieron para el viaje de 55 kilómetros a Khwai. El GPS anunciaba que llegarían sobre las diez de la noche pero eso era una exageración, todo el camino a 3 km/h no podía ser. El camino en algunos tramos era difícil y Edu se reía cuando el vehículo se movía como un paso de palio y Carlos gritaba —¡Macarenaaaaa! ¡Guapaaaa, Guapaaaa!
El camino era variopinto y vieron uno de los cinco grandes: el búfalo (los otro cuatro son el elefante, el león, el rinoceronte y el leopardo). El viaje no fue tan largo y llegaron sobre la una. El camping era muy bonito con mucha sombra pero no tenía ningún tipo de valla para separar los seres humanos de los animales. Así que el sitio estaba plagado de monos: los pequeños monos azules eran la retaguardia, subían rápidamente a los árboles y observaban con sus caritas graciosas, mientras los babuinos, monos sórdidos y poco simpaticos, a los que Carlos les guardaba especial antipatía, atacaban por tierra. En esta ocasión Edu fue a tomar una ducha y él preparaba un picadillo. Sorprendió a un mono desvergonzado intentando abrir la puerta del coche. Después del almuerzo dieron la acostumbrada escapada para ver animales, que está vez tuvo bastante éxito. Vieron unos ciervos grandes llamados roan, y cuatro elefantes pasándoselo chacho piruli bañandose en el río.
De vuelta al camping un empleado de SKL les explicó todas las cualidades del camping (de lo cual algunas ya habían descubierto solos): las duchas, donde hacer fuego, el braai (barbacoa), donde poner la basura y que podía haber algun animal por las inmediaciones del camping, quizás algunas hienas, perros salvajes, niños del pueblo etcétera. Pero no les anunció lo que ocurriría luego.
Había un elefante enorme en la orilla del río justo detrás del camping. Cuando Edu y Carlos decidieron que era la hora de cenar, el elefante tal vez pensó lo mismo y se puso a comer primero los árboles detrás del camping y luego se metió literalmente dentro del espacio privado. Carlos que no sabía realmente las intenciones del paquidermo se refugió en el coche y desde allí pudo ver en primer plano como derribaba parte del ramaje del árbol para comerse las hojas, dejando la rama que sirvió de leña para toda la noche y parte del día siguiente. Así estuvieron entretenidos hasta que el elefante decidió marcharse. La llegada de alguna hiena o perros salvajes anunció que era hora de acostarse en la tienda encima del coche.