Cocina callejera

Eduardo y Carlos regresan al hotel tras visitar el museo de la guerra de Vietnam y el Palacio de la Liberación. Había hambre y los olores de la calle excitaban el paladar.
-Mira este sitio, -dijo Eduardo. - Tiene buena pinta y las sillas no son de pitufos. Podemos sentarnos más cómodos.
Una señora mayor trasteaba entre ollas en la calle. Volteó el contenido polvoriento amarillo de una jarra en un bol y se adentró en el local. Una chica joven les preguntó en inglés qué les apetecía. Carlos se dirigió a una vitrina y señaló con el dedo algo que parecía una empanada. La señora dijo en inglés lo que llevaba.
-Tómate, pero y carne de "pork" o de "dog", no lo he entendido bien, -dijo Eduardo a Carlos.
Una rata hermosa como conejo sorteó la tapadera de una olla. Carlos no quería pensar en el incidente. Edu daba sorbos a su coca-cola mientras observaba la conversación de un lugareño limpiabotas que quería poner grasa en los zapatos de un guiri.
-¡No, no!
Después se fijó en los pies de su mujer que llevaba chanclas.
-No creo que esas chanclas requieran mucha limpieza.
-Quiere arreglarlas, - respondió Edu.
El lugareño sacó unos rectángulos de caucho para que la mujer eligiera. Ella movía la cabeza.
De repente salió el vecino, él del taller de motos, con jarra de plástico en la mano, bastante lustrosa, Destapó una de las marmitas y soltó dos sonoros estornudos. Metió la jarra en la olla y la sacó llena de agua, soltando otro estornudo más.
-Edu, ¿tú habías pedido una sopa de fideos? De repente se me ha ido el apetito.
Carlos chasqueó los dedos y acudió la chica joven.
-Can we pay, please?