Central Kalahari Game Reserve

Edu y Carlos llegan a la entrada del Central Kalahari Game Reserve. Eran los primeros visitantes desde hace tres días. Los caminos en la reserva consisten en senderos arenosos donde las huellas de los vehiculos van dejando las rodaduras. Hay tramos que recuerdan a las vias de un ferrocarril; Edu dice que se puede uno olvidar del volante.
En el camino vieron menos animales de lo que esperaban, aunque grandes excrementos anunciaban la presencia de elefantes. El camping asiagnado está a 45 kilómetros de la entrada, lo cual quiere decir que, como el parque tiene una extensión de 52.000 metros cuadrados (más grande que Holanda o Extremadura), los seres humanos más cercanos eran los empleados de la entrada. Después de conducir unas horas llegaron al camping, que era nada más que un espacio para un par de vehículos y un máximo de seis personas del mismo grupo. Había dos árboles que daban un poco de sombra y dos habitáculos de troncos, uno era el retrete y el otro la ducha (un cubo colgado de un gancho). La entrada de cada uno contaba con sendas placas metálicas con la inscripción OCUPADO.
El primer revuelo fue para Carlos que, decidido a usar el retrete, desenganchó la placa, no debería estar ocupado. Efectivamente no había nadie, asi que levantó la tapa del retrete y... oooh una enorme lagartija salió asustada. Carlos dio dos tapaderazos y salió corriendo. ¡Se le quitaron las ganas y más mirando el fondo del agujero lleno de inmundicias!

Tras el almuerzo se dirigieron al Motopi Water Hole, un pozo donde los animales acudían para beber. Era curioso, pues los animales llegaban por grupos, bebían e iban retirandose. Primero vieron a un grupo de oryx, luego un grupo de chacales y por último un grupo de curiosas jirafas que los observaban tan curiosas como ellos.
La tarde caía y había que regresar al camping, montar la tienda y organizar un fuego antes de anochecer. Desplegaron la tienda en el techo del Toyota y mientras Edu se ocupaba de preparar la lámpara y encender el fuego, Carlos cortaba unas verduras para una ensalada. Ya se fue el sol y como por arte de magia comenzaron a circular por el suelo del camping toda clase de insectos, aquello parecía un carnaval. Multitud de insectos terrestres y voladores de distintos colores y tamaños. Carlos se puso muy nervioso pues los pequeños animalitos se permitían la libertad de trepar por sus piernas. Y alrededor de la hoguera se podían ver todo tipo de escarabajos, ciempiés y algunas arañas blancas. Edu dijo en broma que eran ESCORPIOS y Carlos exclamó —!pos ya estoy yo acostao!
La tienda era acogedora y acorazada ante insectos, así que Carlos se metió alli y Edu no tardó en seguirle.
Estaban tan cansados que no tardaron en quedarse dormidos. Fuera se podía ver el apacible chispear del fuego, pero la calma duró poco tiempo. Comenzó a levantarse un viento tenue que fue ganando fuerza. La tienda zozobraba y de pronto comenzó a llover. Esto duraría una hora y de repente amainó y el día amaneció con sol como si tal cosa, pero ¡esto es África!